HUGHIE

de Eugene G. O'Neill (1888-1953) Dirección, Carlos Gandolfo con Lito Cruz y Oscar Nuñez

Argumento:

Obra en un acto, escrita en 1941 que se estrena recién en 1958, en Estocolmo, después de la muerte de su autor. En ella, Erie, un alma errante de Brodway, jugador y pequeño estafador, se ufana ante el conserje nocturno del hotelucho en que sobrevive, uno de los muchos olvidados en la periferia de cualquier gran ciudad, y poco a poco se irá evidenciando como un perdedor en su imposibilidad de aceptar la soledad en que lo sumió la partida de su único admirador: Hughie, alma ingenua y sencilla que descubrimos por la descripción de Erie y quién fuera el fallecido conserje nocturno anterior. Mientras, su actual reemplazo - imperiosa y obstinada réplica imaginada de Hughie - observa y dice muy poco desde su resentido y nihilista encierro existencial, hasta terminar demostrando - en la resolución del conflicto - su imposibilidad de resignarse, a su vez, a la soledad.

Esto, en ambos, a partir de una única conversación nocturna que evidencia dos destinos, el de dos personas que dependen una de la otra, como de la imagen devuelta por el espejo que son los otros, para poder dar verosimilitud a sus apariencias de vida. Este estudio de clima americano pertenece a un ciclo de ocho obras cortas (actos únicos), llamado el Camino de Obit.

Análisis:

La acertada traducción y adaptación de Alejandra Cruz asume con total libertad y responsabilidad, lo que el texto original tiene de sabor local en giros y modismos idiomáticos propios del lugar. Esto en honor a esa esencia del teatro que es la comunión entre actores y espectadores. Y ello, principalmente, gracias al factor por el que transforma dicha jerga, con total frescura y espontaneidad, en la que podrían usar dos personajes similares de nuestra ciudad.

El otro factor de la obra inherente a la mencionada comunión corresponde a O'Neill y es la universalidad del tema propuesto. Porque este no es otro que el conflicto entre el encierro del destructivo aislamiento individual del Conserje, oponiéndose a la dependencia del Cliente por encontrar su imagen en el espejo simbólico que representa la mirada de los demás, en ese acto humano vitalmente imprescindible: la comunicación. Desde antes de empezar la función ya reconocemos en la dirección esa valoración del teatro que confía absolutamente en la expresividad de la actuación. A tal punto, que los poquísimos muebles y escasa utilería albergarán, dando un marco acorde y casi imperceptible, a la naturalidad de la acción. La inducción a un trabajo sensorial, imaginativo y emocional de los actores se reconoce por el logro permanente de una verdad escénica que conmueve.

Las actuaciones constituyen un logrado ejemplo del "método" de acciones en donde esa membrana flexible y dócil de los cuerpos entrenados, acusa sin solución de continuidad la interacción de estímulos concretos del "afuera" que brinda el hacer físico (quitar la pelusa de un mueble, etc.), asociándose incesante con él "adentro" de las vivencias actorales para transitar el delicioso y sutil recorrido emotivo con el que gozamos los espectadores. La escenotecnia es mínima. Sólo la luz contribuye a intensificar los climas creados por la acción y la banda sonora, mínimamente utilizada para los monólogos introspectivos del Conserje, abre paso cierto a la convención del musitar de esos personajes que solemos ver por las calles articulando solos palabras ininteligibles y nuestra necesidad insoslayable, como espectadores, de conocer lo que pasa por la cabeza del personaje.

Norberto Montero - Teatro Andamio 90 - 28.04.00

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